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Quizá quiero, quizá no quiero

(A Don Manuel Concha)

I

Esto de casarse con viuda, proeza era que requiere más hígados que para habérselas, en pampa abierta y cabalgado en rocín flaco, con un furioso berrendo, de esos que tienen más cerviguillo que un fraile y puntas como aguja de colchonero.

Porque amén de que lo sacan a uno de quicio con el eterno difuntear (páseme la Academia el verbo), son las viudas hembras que gastan más letra colorada que misal gregoriano, más recúchulas que juez instructor de sumario, y más puntos suspensivos que novela romántica garabateada por el diablo. Y en corroboración de estas mis palabras, no tengo más que sacarle los trapillos a la colada a cierta doña Beatriz, viuda de Perico Bustinza, que no a humo de pajas escribió Quevedo aquello:

«De las carnes el carnero,
de los pescados el mero,
de las aves la perdiz
y de las mujeres la Beatriz».

La boca se me hace agua al hablar de la Beatriz de mi cuento; porque si no miente Garcilaso (no el poeta, sino el cronista del Perú, que a veces es más embustero que el telégrafo), fue la tal una real moza. «No hay sábado sin sol, ni muchacha sin arrebol», como dice el refranejo.

Pero a todo esto, como ustedes no saben qué casta de pájaro fue Perico Bustinza, ni quién fue su media naranja, no estará fuera de oportunidad que empiece por darlos a conocer.

Perico Bustinza era un mocetón andaluz que llegó al Cuzco hecho un pelaire, con una mano atrás y otra adelante, en busca de la madre gallega, allá por los años de 1535. Eso sí, en cuanto a audacia era capaz de meterle el dedo meñique en la boca al padre que lo engendró; y por lo que atañe a viveza de ingenio, sé de buena tinta que le sacaba consonante al floripondio.

A la sazón encontrábanse los conquistadores en atrenzos feroces. La sublevación de indios era general en el Perú. Españoles y peruanos estaban, como se dice, a mátame la yegua que matarte he el potro. El marqués Pizarro, en Lima, se hallaba sitiado por un ejército de ochenta mil hombres al mando de Titu-Yupanqui, que ocupaba el cerro llamado después de San Cristóbal, conmemoración acaso del milagro que hizo el santo obligando a los indios a emprender la fuga. Titu-Yupanqui murió en el combate.

Más aflictiva, si cabe, era la situación de los cuatrocientos españoles avecindados en el Cuzco. El inca Manco, a la cabeza de doscientos mil hombres, mantuvo durante muchos meses a la imperial ciudad en riguroso asedio. Los conquistadores, en los diarios combates que se vieron forzados a dar, ejecutaron hazañas heroicas, casi fabulosas. Cúpole en suerte a Bustinza distinguirse entre tanto valiente, y en grado tal que, como se dice, le cortó el ombligo a Hernando Pizarro, que era todo un tragavirotes. Nada hubo, pues, de maravilloso en que acostándose una noche Perico de simple soldado, se despertase por la mañana convertido en capitán de una compañía de piqueros y sobresalientes.

Por supuesto, que desde ese día se hizo llamar Don Pedro de Bustinza, y tosió fuerte, y habló gordo, y se empinó un jeme, y no permitió que ni Cristo padre le apease el tratamiento.

Apaciguada al fin la sublevación, Hernando Pizarro recompensó con largueza a sus compañeros, llevando su predilección por Bustinza hasta casarlo con la ñusta o princesa Doña Beatriz Huayllas, hija del inca Huayna-Capac, matrimonio que dio al marido, aparte de las muchas riquezas de que era poseedora la mujer, gran influencia entre los caciques e indios del país. Con razón dicen que más corre ventura que caballo ni mula.

Doña Beatriz, que era por entonces moza de veinticinco años, de exquisita belleza y de mucho señorío en la persona, amó a Don Pedro de Bustinza con entusiasta cariño. Verdad es también que él se lo merecía, porque fue (hagámosle justicia) todo lo que hay que ser de buen marido.

Vinieron las guerras civiles entre los conquistadores, y el capitán Bustinza, que servía contra la causa realista bajo la bandera de Gonzalo Pizarro, cayó prisionero en una escaramuza habida cerca de Andahuaylas; y La Gasca que era un cleriguillo que no se andaba con escrúpulos de marigargajo para con los rebeldes, le hizo romper la nuez por manos del verdugo.

Así quedó viuda la princesa Doña Beatriz. Vistió toca y cenojil, lloró la lágrima viva, y viniese o no a cuento, se le caía el difunto de la boca. ¡Vamos! ¡Si era cosa de dar dentera oírla todo el santo día referir maravillas del finado!

Ahora, con venia de ustedes, hago aquí punto para entrar de lleno en la tradición.

II

Referido he en otra ocasión que su majestad Don Felipe II envió a estos sus reinos del Perú una real cédula, ordenando que las viudas ricas contrajesen nuevo lazo, sin excusa valedera en contra, con españoles escogidos entre los que más hubieran contribuido al restablecimiento del orden. Así creía el monarca no sólo premiar a sus súbditos, dándoles esposas acaudaladas, sino poner coto a nuevas rebeldías.

A haber nacido yo, el tradicionista, súbdito de don Felipe, habría puesto cara de hereje a su real prescripción. Tengo para mí que emparejar con viuda ha de ser como vestirse con ropa de muerto: aunque se la fumigue, siempre guarda cierto olorcillo al difunto.

Doña Beatriz, tanto por su fortuna cuanto por su prestigio como hija del padre de Atahualpa, no podía ser olvidada, y el general Diego Centeno pidió la mano de la princesa para su favorito Diego Hernández.

Era Diego Hernández lo que se llama un buen Diego. Cincuenta años y un chirlo que le tomaba frente, nariz y belfo, hacían de nuestro hombre un novio como un lucero... sin brillo.

Por lo feo podía Diego Hernández servir de remedio contra el hipo.

¡Bocado apetitoso, a fe mía!

Como para viuda y hambriento no hay pan duro, quizá Doña Beatriz habría arrastrado de malilla con el chirlo y los cincuenta diciembres, si un quídam, envidioso de la ganga que se le iba a entrar por las puertas a Diego Hernández, no hubiera murmurado a los oídos de la dama que el novio era como mandado hacer de encargo y, aludiendo a que en sus mocedades había sido Hernández aprendiz de zapatero en España, enviádola estos versos:

«Plácemes te da mi pluma,
que un galán llevas, princesa,
que ansí maneja la espada
como maneja la lesna».

Los oficios de sastre y zapatero eran en el antiguo imperio de los incas considerados como degradantes; y Doña Beatriz, que aunque cristiana nueva, tenía más penacho que la gorra del catalán Poncio Pilatos y no podía olvidar que era noble por la sábana de arriba y por la sábana de abajo, pues por sus venas corría la sangre de Huayna-Capac, dijo muy indignada a Diego Centeno:

-Hame agraviado vuesa merced proponiéndome por marido a un ciracamayo (sastre).

Centeno porfió hasta lentejuela y abogó hasta la pared de enfrente en favor de su ahijado Hernández, quien cantaba en todos los tonos del solfeo:

«Dame el sí que te pido,
ramo de flores,
si quieres que te absuelvan
los confesores».

El obispo del Cuzco y otros personajes gastaron también saliva inútilmente, porque Doña Beatriz no quiso atender a razones. Y a mujer que se obstina en no querer, no hay más que dejarla en paz e irse con la música a otra parte; que de hembras está empedrado el mundo, y el amor es juego de bazas en que cada carta encuentra su compañera. Entonces su hermano, el inca Paullu, se comprometió a hacerla cejar y la dijo:

-Beatriz, tu negativa será fatal para nuestro pueblo. Heridos los españoles en su orgullo, se vengarán en los pocos descendientes que aún quedamos del último inca; y pues le que codicia Diego Hernández es tu oro, dáselo con tu mano; que en cuanto a compartir con él tu lecho, hame ofrecido no hacerte violencia. Es punto de honrilla para él y sus amigos esta boda; y pues somos débiles, ceder nos toca, hermana.

Y por este tono siguió reforzando sus argumentos.

Tal vez no era muy fraternal el móvil que lo impulsaba a empeñarse; pues averiguado está que, muerto Manco, aspiraban Sairy-Tupac, Paullu y otros indios nobles a ceñirse la borla imperial.

Paullu sacrificaba su hermana a su ambición política, esperando propiciarse así el apoyo de los conquistadores.

Después de bregar largamente, terminó la dama por hacer esta pregunta:

-¿Te ha jurado Diego Hernández, por la cruz de su espada y por Santiago Apóstol, que no reclamará de mí sus derechos de marido?

-Sí, Beatriz -contestó el inca Paullu.

-Pues entonces, anúnciale que disponga de mi mano.

III

Aquella misma noche reuniose en casa de la princesa lo más granado del vecindario cuzqueño.

El obispo del Cuzco, que debía unir a los contrayentes, preguntó a Doña Beatriz:

-¿Queréis por esposo y compañero al capitán Diego Hernández?

-Quizá quiero, quizá no quiero -contestó la princesa.

-¿A qué carta me quedo, Doña Beatriz? -insistió el obispo-. ¿Queréis o no queréis?

-Ya lo he dicho, señor obispo. Quizá quiero, quizá no quiero.

-Pues concluyamos, que no por miedo de gorriones se deja de sembrar cañamones -murmuró un tanto picado su ilustrísima, y echando la bendición sobre dama y caballero, los casó en latín, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Es decir, que quedó atado en el cielo lo que el obispo acababa de atar en la tierra.

¿El quizá quiero, quizá no quiero de la princesa encerraba un distingo casuístico? Así lo barrunto.

¿Su ilustrísima se hizo in pecto algún silogismo teológico que tranquilizara su conciencia, para dar por afirmativa una respuesta que no es la prevenida por los cánones? No sabré decirlo.

Lo que sí puedo afirmar con juramento es que no hay semana que no tenga su disanto y que, andando los tiempos, debió Doña Beatriz humanizarse con su marido, porque... porque..., no sé cómo decirlo ¡qué domonche! Sancha, Sancha, si no bebes vino, ¿de qué es esa mancha?

Ella dejó prole..., conque..., chocolate que no tiñe...
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